lunes, 18 de junio de 2007

Aquello (parte II)

El viejo comenzó:

“Lo que le voy a contar es cierto, me sucedió a mí. Mi hermano y yo viajábamos a la selva cuando éramos jóvenes, montados en camiones viejos que recorrían esos caminos, amontonados con otros tantos. Nosotros buscábamos algo en que ganar plata, teníamos en ese tiempo un negocio donde vendíamos menestras. Por eso íbamos a la selva, a comprar y abastecer nuestra tiendita. Teníamos que tener cuidado, los narcos siempre podían joder más tarde fueron los terrucos...”

Don Segundo miraba el cielo despejado, como contando las estrellas, como metiéndose en su propia historia, saboreando cada recuerdo.

“Uno de esos viajes bajamos del camión a orinar en la noche y cuando regresamos ya se había ido. ¡Carajo! Le dije a mi hermano. ¡Estos mierdas ya nos botaron! Así que decidimos caminar hacia un pueblo que había más adelante a varias horas de camino. Yo tenía miedo algún cojudo me fuera robar mi platita y me daba más miedo aún porque por donde avanzábamos no se veía nada, ni una casita, todo deshabitado. Los del pueblo me habían dicho alguna vez que ese lugar era llamado “Torre de los Diablos” o “Torre del Sueño”... un cerro chiquito que se alzaba como elevación y que desde que empezaron a construir la carretera decían que diablos bajaban por las quebradas para tirarles piedras a los trabajadores y que cuando estaban inconcientes se los llevaban hacia el infierno que habían en ese cerro porque los diablos abrían la peña a la mitad y se metían bailando y cantando llevándose al condenado...”

Raúl se concentraba en la historia de Don Segundo y le parecía que se sumergía en un sueño, que se metía en otro mundo o simplemente era el humo de la hoguera que le daba un aire fantasmagórico e irreal al ambiente de la noche, donde se escuchaba el sonido de las lechuzas y el silbar arrebatado del viento. Un mundo desconocido y donde todo parecía ser posible.

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