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miércoles, 8 de agosto de 2007

Aquello (Parte Final)

Un ser, una cosa, mordía salvajemente el cuello del viejo y lo tumbaba. El viejo quedó inerte, muerto. Era una figura humana. Sí. Parecía un hombre, tal vez un joven, con un brillo maligno en los ojos. Horrible, con las manos como zarpas y una boca enorme. Tenía una joroba enorme y el cuerpo abultado por un abdomen descomunal. No estaba vestido y abría con sus manos el cuerpo del anciano, desgarrando sus carnes, pero lo miraba a él, mientras metía trozos de carne en su boca inmunda. Se levantó dejando ver su grotesca figura y se acercó a Raúl. Raúl trató de defenderse, levantó la escopeta pero el miedo lo tenía paralizado.

- La curiosidad mató al gato, joven - un revólver se martilló detrás de él.
- ¡¿Qué es ésto?! - preguntó Raúl.
- Es mi hijo, un espíritu errante. Un feto se convierte en espíritu, ¿sabe?; no muere pero crece... y para eso tiene que comer y no precisamente frutas: Yo les he traído hasta aquí.

Raúl iba a decir algo más pero no pudo. El brujo le disparó en la nuca. La luna llena alumbraba ahora horriblemente como sonriendo también ante aquellas abominaciones, como testigo y cómplice eterna del crecimiento de ese espíritu aberrante. Testigo y cómplice eterna de realidades que no se deberían conocer.

miércoles, 1 de agosto de 2007

Aquello (parte VI)

Raúl salió de su escondite, dejando atrás al viejo, invadido nuevamente por esa curiosidad voraz que antes ya había sentido, pero con cierto temor, apretando fuertemente la escopeta en su mano. Se encontró a unos diez metros del árbol que le había servido de escondite, en el mismo punto donde había visto danzar al brujo momentos antes… Fue en ese momento que escuchó un grito desgarrador, don Segundo pedía ayuda y su grito sonaba fuera del bosquecillo, en dirección a la casa. Seguramente ha encontrado ladrones, pensó Raúl y salió corriendo hacia donde creía escuchar el grito, empuñando la escopeta. Salió y no había nada: solo silencio. La luna seguía siendo un buen farol y se podía divisar perfectamente el panorama en cualquier dirección… excepto… en los algarrobos… y regresó corriendo. Escuchó un segundo grito que – esta vez estaba seguro – provenía del bosquecillo. Vio sombras corriendo y otro grito, ahora Raúl estaba seguro, un ladrón quería eliminar a don Segundo para que no lo delatase. Entró rápidamente y quedó helado con lo que vio.




sábado, 28 de julio de 2007

Aquello (parte V)

Raúl caminaba al lado del viejo, en línea recta desde la casa hacia aquel bosquecillo, sintiendo la brisa helándole el rostro, sin ninguna otra luz que la de la luna y la escopeta en la mano derecha. Se sentía valiente, corajudo, enfrentándose a la ignorancia del campesino y finalmente demostrándole que no existen misterios en la naturaleza, que todo es la estupidez de la mente humana. Avanzaban juntos pero en silencio, como al acecho…

Cuando finalmente llegaron, vieron luces que parecían estrellas fugaces en movimiento. El anciano palideció: el miedo invadía sus ojos. Raúl no decía nada, se escondió tras el tronco retorcido de uno de los árboles y le hizo una seña al viejo para que se acercase hasta donde se encontraba.

Ambos vieron a un hombre que se movía trazando círculos con dos antorchas, una en cada mano. En el suelo se veían pétalos de flores y también frutas esparcidas por el suelo: manzanas, mandarinas y chirimoyas. Raúl miraba aquella escena con una curiosidad burlona, pensaba que aquel hombre ridículo debía de ser el brujo celebrando algún florecimiento, amarre o lo que sea que hiciera para otras personas… pero… no. No había nadie más. El brujo estaba solo. Bailando. Agitando sus antorchas, en un trance estúpido. Fue entonces cuando Raúl escuchó algo que extrañamente le heló los huesos.

-
- ¡Hijo! ¡Escúchame y ven a mí! – gritaba el brujo pero nadie le respondía - ¡Ven! ¡Aliméntate con lo que te he traído!

Pero nada pasó. Aquel ritual duró media hora más en las que el brujo seguía clamando a alguien que no aparecía, rogándole en un comienzo y gritándole al final. El brujo se rindió. Apagó sus antorchas dejando la fruta y los pétalos a aquel a quien llamaba y se fue. El viejo, al costado de Raúl, no emitía ruido alguno, tal vez demasiado temeroso por lo que había visto.




lunes, 23 de julio de 2007

Aquello (parte IV)

El viejo se acercó como para susurrarle:

“Hace quince años que me remuerde la conciencia… hace quince años un primo mío embarazó a una chica. Él le dijo que abortara. El único problema era que él tenía que enterrar al niño y entonces me pidió que le ayudara… no sé por qué lo ayudé… porque un aborto es cosa seria y yo tenía miedo, se lo juro joven… Cuando llegamos al sitio donde íbamos a enterrar el feto empezamos a excavar la tierra, turnándonos para cavar uno mientras el otro cargaba el cuerpecito. Pobre niño sin vida, envueltito en una tela de yute que yo le conseguí porque su padre quería enterrarlo en una bolsa plástica; sintiéndolo friecito, muerto… cuando hicimos un hueco que nos pareció suficiente, lo pusimos ahí, lo cubrimos con tierra y encima pusimos una crucecita para que nos deje en paz… La gente que vive cerca a donde lo enterramos decía que oían niños llorando y que veían duendes correr bajo los algarrobos en las noches de luna llena… Gracias a Dios nadie sabía del entierro…”

- - -Debe ser un lugar feo, bastante cargado de malos espíritus – soltó Raúl con ironía.

- --Usted ha estado ahí durante el día, joven… sin darse cuenta, porque lo enterramos aquí en su fundo…

- - -No le creo – y una curiosidad rarísima surgía dentro de Raúl – lléveme hacia ese lugar.

- - -No está lejos de la casa, pero no se puede llegar en la camioneta, mire – y señaló hacia el fondo, hacia un bosquecillo de unos cien algarrobos torcidos, antiguos… - está más o menos a veinte minutos… Pero debe de ser mala idea ir porque es noche de luna llena y un brujo siempre viene a hacer sus artes durante la semana de la luna llena… nadie sabe bien qué es lo que hace pero aunque yo vigilo su propiedad joven, preferiría no acercármele… Nos puede hechizar…

- --Eso no es problema – Raúl corrió dentro de la casa y al volver traía consigo su escopeta… Raúl mismo no entendía qué le pasaba, por qué se sentía tan entusiasmado por conocer verdades que no se veían en la ciudad, por conocer cosas excepcionales – Si ese brujo nos quiere hacer algo, bueno; la pasará mal… es de carne y hueso ¿no? ¡Vamos! Quiero saber si es cierto, guíeme…

El viejo se mantuvo reacio en un comienzo pero finalmente accedió, aunque tampoco tenía una razón… Era como si algo lo llamara a ir, como si una curiosidad reprimida explotara y lo guiara hasta el lugar del entierro… como si… y pensó algo increíble, pero no le dijo a Raúl.

miércoles, 27 de junio de 2007

Aquello (parte III)

“Vimos a lo lejos pero bien lejos las luces del pueblo y ante nosotros a unos metros, una cascadita y un riachuelo que partía la carretera, seguramente por las lluvias... estábamos de sed pues no teníamos agua, así que fuimos corriendo hacia el agüita conforme corríamos vimos un bulto pero pensé que seguro era otro viajero como nosotros. Mientras nos acercábamos vimos que era una mujer y se bañaba desnuda... me escondí rápido tras una piedra rodada al lado de la carretera pero mi hermano siguió avanzando... yo miraba de miedo porque esa mujer lo llamaba y yo sabía que era una diabla y le decía ven báñate conmigo y él llegó cuando de pronto sonó como una explosión no pude ver nada ni siquiera escuchaba... sordo y ciego... Pasó un rato hasta que pude moverme y salí detrás de la piedra, corrí a buscar a mi hermano y no lo encontré no vi nada. Grité su nombre y nadie me habló. Tenía ganas de pelear con aquello que se lo llevó, buscaba y buscaba...

Llegúe al pueblo al otro día busqué en la comisaría y en el hospital y lo encontré ahí, quién sabe cómo pero estaba extraño. Me llevaron hacia su cama y él me miraba con los ojos muy abiertos. Tenía el pelo sucio y muy largo como si hubiera pasado mucho tiempo y su barba también estaba tupidísima. Me abrazó pero no me dijo nada y los del pueblo se hablaban entre ellos que los diablos lo habían hechizado y que pronto se lo llevarían para siempre. En tres días me dijeron... yo no quería creer y les dije que eran malhablados y que yo no creía en cojudeces. Los médicos me dijeron que mi hermano se recuperaba de lo que parecía anemia pero pasado tres días murió... los diablos se lo llevaron”

- -- Su historia es bastante intrigante, Don Segundo… - Raúl no sabía qué pensar o si el viejo no estaría jugándole una broma… pero… ¿Jugar con la memoria de su hermano...?

- - - Le voy a contar un secreto, joven, pero júreme que no lo contará…

- - - Está bien – sonrió Raúl que no imaginaba qué podía ser eso que mereciera ser secreto.

lunes, 18 de junio de 2007

Aquello (parte II)

El viejo comenzó:

“Lo que le voy a contar es cierto, me sucedió a mí. Mi hermano y yo viajábamos a la selva cuando éramos jóvenes, montados en camiones viejos que recorrían esos caminos, amontonados con otros tantos. Nosotros buscábamos algo en que ganar plata, teníamos en ese tiempo un negocio donde vendíamos menestras. Por eso íbamos a la selva, a comprar y abastecer nuestra tiendita. Teníamos que tener cuidado, los narcos siempre podían joder más tarde fueron los terrucos...”

Don Segundo miraba el cielo despejado, como contando las estrellas, como metiéndose en su propia historia, saboreando cada recuerdo.

“Uno de esos viajes bajamos del camión a orinar en la noche y cuando regresamos ya se había ido. ¡Carajo! Le dije a mi hermano. ¡Estos mierdas ya nos botaron! Así que decidimos caminar hacia un pueblo que había más adelante a varias horas de camino. Yo tenía miedo algún cojudo me fuera robar mi platita y me daba más miedo aún porque por donde avanzábamos no se veía nada, ni una casita, todo deshabitado. Los del pueblo me habían dicho alguna vez que ese lugar era llamado “Torre de los Diablos” o “Torre del Sueño”... un cerro chiquito que se alzaba como elevación y que desde que empezaron a construir la carretera decían que diablos bajaban por las quebradas para tirarles piedras a los trabajadores y que cuando estaban inconcientes se los llevaban hacia el infierno que habían en ese cerro porque los diablos abrían la peña a la mitad y se metían bailando y cantando llevándose al condenado...”

Raúl se concentraba en la historia de Don Segundo y le parecía que se sumergía en un sueño, que se metía en otro mundo o simplemente era el humo de la hoguera que le daba un aire fantasmagórico e irreal al ambiente de la noche, donde se escuchaba el sonido de las lechuzas y el silbar arrebatado del viento. Un mundo desconocido y donde todo parecía ser posible.

martes, 12 de junio de 2007

Aquello (parte I)

La escena era horrible. Aquello estaba ahí, delante suyo, mirándolo a él y únicamente a él con aquella sonrisa macabra, monstruosa. La luna llena en lo alto iluminaba la casa, los algarrobos torcidos y debajo de ellos el cadáver del viejo, con aquel ser desagradable mordiéndole y desgarrándole trozos enormes de carne. El muchacho no podía creer lo que estaba viendo.

Llegó a la casita cuando ya empezaban a aparecer las primeras estrellas en el cielo y el sol desaparecía agonizante en el horizonte. Bajó de la camioneta y caminó los pocos pasos que separaban a la carretera de la casa. Ahí lo esperaba Segundo, sonriente. Aquel campesino estaba acostumbrado a vivir en aquellas soledades, sin casa, sin familia y solo dedicado a vigilar las tierras de la familia de Raúl. La familia de Segundo había muerto bajo los escombros del techo de su casita, que había cedido a la fuerza enorme de las torrenciales lluvias un fenómeno del Niño ya bastante lejano. Había llorado semanas enteras junto a otros pobladores que también habían perdido seres queridos en aquel diluvio. Sus hijos y su esposa murieron aquel desgraciado día. El cavó las tumbas solo. El colocó los cuerpos cuidadosamente en ellas y luego los cubrió de tierra. Desde ese día Segundo se había quedado solo y con los ojos tristes: sonriendo amablemente por fuera pero derrumbándose sobre su colchón, llorando su miseria en las noches de su recuerdo.

La noche era fría; Raúl descansaba dentro de la casa, sentado frente a una mesa. Frente a él tenía una ventana por la que se podían ver los algarrobos y los campos: bastos y celestes bajo la luz de una luna llena hermosa. Se preparó un café y encendió unas velas; la rusticidad del campo le parecía perfecta, una simplicidad agradable. Don segundo caminaba tranquilo, recogía madera para hacer una pequeña fogata dando vueltas alrededor de la casa trayendo consigo los frutos secos de los algarrobos que caían y se amontonaban en el suelo. Finalmente recogió los suficientes y encendió el fuego mientras canturreaba una canción triste, tristísima que parecía recordar amores lejanos, seres queridos y reflejaban sobretodo una soledad única.

- - Don Segundo – Raúl llevaba dos tazas de café, una en cada mano – tome, para aguantar el frío.

- - Gracias joven – tomó la taza con sus manos cuarteadas – me hacía falta un cafecito bien cargado – y dio un sorbo sonoro a la taza humeante.

La fogata ardía frente a ellos, ambos sentados en el suelo, sorbiendo el café. Cada uno pensando en sus vidas, sumidos en la hipnosis que produce el observar el fuego.

- - ¿Usted cree en las almas joven? – dijo el anciano de repente.

- -¿Por qué habría de creer? Nadie ha visto una, bueno al menos yo no...

- - Yo sí creo porque he visto y no sólo almas sino también duendes y animales horribles y brujerías.

- - Son cuentos nada más... – una brisa extraña sopló y meció las ramas más altas de los algarrobos. A Raúl se le erizaron los pelos de la nuca.

- - ¿Quiere que le cuente un cuento de esos? – preguntó el viejo con cierta sorna.