La escena era horrible. Aquello estaba ahí, delante suyo, mirándolo a él y únicamente a él con aquella sonrisa macabra, monstruosa. La luna llena en lo alto iluminaba la casa, los algarrobos torcidos y debajo de ellos el cadáver del viejo, con aquel ser desagradable mordiéndole y desgarrándole trozos enormes de carne. El muchacho no podía creer lo que estaba viendo.
Llegó a la casita cuando ya empezaban a aparecer las primeras estrellas en el cielo y el sol desaparecía agonizante en el horizonte. Bajó de la camioneta y caminó los pocos pasos que separaban a la carretera de la casa. Ahí lo esperaba Segundo, sonriente. Aquel campesino estaba acostumbrado a vivir en aquellas soledades, sin casa, sin familia y solo dedicado a vigilar las tierras de la familia de Raúl. La familia de Segundo había muerto bajo los escombros del techo de su casita, que había cedido a la fuerza enorme de las torrenciales lluvias un fenómeno del Niño ya bastante lejano. Había llorado semanas enteras junto a otros pobladores que también habían perdido seres queridos en aquel diluvio. Sus hijos y su esposa murieron aquel desgraciado día. El cavó las tumbas solo. El colocó los cuerpos cuidadosamente en ellas y luego los cubrió de tierra. Desde ese día Segundo se había quedado solo y con los ojos tristes: sonriendo amablemente por fuera pero derrumbándose sobre su colchón, llorando su miseria en las noches de su recuerdo.
La noche era fría; Raúl descansaba dentro de la casa, sentado frente a una mesa. Frente a él tenía una ventana por la que se podían ver los algarrobos y los campos: bastos y celestes bajo la luz de una luna llena hermosa. Se preparó un café y encendió unas velas; la rusticidad del campo le parecía perfecta, una simplicidad agradable. Don segundo caminaba tranquilo, recogía madera para hacer una pequeña fogata dando vueltas alrededor de la casa trayendo consigo los frutos secos de los algarrobos que caían y se amontonaban en el suelo. Finalmente recogió los suficientes y encendió el fuego mientras canturreaba una canción triste, tristísima que parecía recordar amores lejanos, seres queridos y reflejaban sobretodo una soledad única.
- - Don Segundo – Raúl llevaba dos tazas de café, una en cada mano – tome, para aguantar el frío.
- - Gracias joven – tomó la taza con sus manos cuarteadas – me hacía falta un cafecito bien cargado – y dio un sorbo sonoro a la taza humeante.
La fogata ardía frente a ellos, ambos sentados en el suelo, sorbiendo el café. Cada uno pensando en sus vidas, sumidos en la hipnosis que produce el observar el fuego.
- - ¿Usted cree en las almas joven? – dijo el anciano de repente.
- -¿Por qué habría de creer? Nadie ha visto una, bueno al menos yo no...
- - Yo sí creo porque he visto y no sólo almas sino también duendes y animales horribles y brujerías.
- - Son cuentos nada más... – una brisa extraña sopló y meció las ramas más altas de los algarrobos. A Raúl se le erizaron los pelos de la nuca.
- - ¿Quiere que le cuente un cuento de esos? – preguntó el viejo con cierta sorna.