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lunes, 1 de septiembre de 2008

Dos miradas se cruzan

I

Dos miradas se cruzan. Una sonríe, la otra es sorprendida. Ella es quien sonríe. Nota además que él parece no haber envejecido. Tiene la misma expresión cuando se sorprende que ella recuerda. Se abrazan. El abrazo parece contener infinitas palabras, un solo sentimiento tantas veces postergado por la distancia. Él siente su cabeza apoyada sobre su hombro, su aroma indescriptiblemente propio. La siente sonreír mas no la escucha hacerlo. Había pasado el tiempo suficiente como para que el otro fuera un extraño. Lo extraño fue, sin embargo, que apenas las miradas se cruzaron, fueron capaces de distinguir en el otro lo que extrañaban, lo que los completaba. Ella levanta la mirada. Las miradas se vuelven a cruzar pero él desvía la suya. Ella sonríe al verlo con los ojos algo enrojecidos. “Los hombres no lloran” le susurra en el oído. Él sonríe. El beso llega. Despacio. Infinito. Para siempre…

II

Dos miradas se cruzan. Una sonríe, la otra es sorprendida. Hasta ese momento no se habían encontrado pero pudieron reconocer casi inmediatamente al enemigo desconocido. Uno de ellos sonreía, soberbio, al conocer a su enemigo desde siempre, al que creía humillado. Que habían deseado el cariño de cierta muchacha era la razón de este odio instintivo. El que es sorprendido se detiene un instante. Mira a su rival. Lo desprecia. Nunca se habían visto hasta ese momento. Jamás habían sido presentados pero ambos sentían la necesidad irrefrenable, visceral de acabar con el otro. De cualquier manera. Con cualquier arma. Sin ninguna excusa. Son dos miradas enfrentadas por un amor fatal. Increíblemente fatal para ambos. Incapaces de hacerse daño en ese instante prefieren esperar a que el otro se canse y huya. Ambos están determinados a ganar esto. Enemigos sin conocerse. Silenciosa se desliza una tercera mirada… La batalla se detiene un instante, instante en que ambos reconocen en el recién llegado a un enemigo más.