Un ser, una cosa, mordía salvajemente el cuello del viejo y lo tumbaba. El viejo quedó inerte, muerto. Era una figura humana. Sí. Parecía un hombre, tal vez un joven, con un brillo maligno en los ojos. Horrible, con las manos como zarpas y una boca enorme. Tenía una joroba enorme y el cuerpo abultado por un abdomen descomunal. No estaba vestido y abría con sus manos el cuerpo del anciano, desgarrando sus carnes, pero lo miraba a él, mientras metía trozos de carne en su boca inmunda. Se levantó dejando ver su grotesca figura y se acercó a Raúl. Raúl trató de defenderse, levantó la escopeta pero el miedo lo tenía paralizado.
- La curiosidad mató al gato, joven - un revólver se martilló detrás de él.- ¡¿Qué es ésto?! - preguntó Raúl.
- Es mi hijo, un espíritu errante. Un feto se convierte en espíritu, ¿sabe?; no muere pero crece... y para eso tiene que comer y no precisamente frutas: Yo les he traído hasta aquí.
Raúl iba a decir algo más pero no pudo. El brujo le disparó en la nuca. La luna llena alumbraba ahora horriblemente como sonriendo también ante aquellas abominaciones, como testigo y cómplice eterna del crecimiento de ese espíritu aberrante. Testigo y cómplice eterna de realidades que no se deberían conocer.


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